Celebra lo que eres

Tampoco es nuevo lo de aclarar al aficionado del Atlético lo que debe o no hacer, lo que puede o no festejar. A la que se descuide, la ropa que corresponde ponerse o lo que conviene almorzar. El personal rojiblanco se acostó de madrugada con la sonrisa en la boca… para despertar abrumado por el catálogo de razones que se le ofrecían para que no lo hubiera hecho: que si el Liverpool no será para tanto cuando ni siquiera tiró a puerta, que si vaya modo de meterse en la cueva, que si apenas era un partido de octavos de final, que si aún no te has clasificado, que si Anfield… Por confirmar lo de que no es nuevo, concretemos que llevamos así algo más de ocho años, ustedes entienden.

“Celebra lo que eres”. Lo dejó dicho Gabi en el spot que sirvió como despedida para la temporada 13-14, aquélla en la que el equipo que capitaneaba alcanzó “la victoria más hermosa junto a la más cruel de las derrotas”. Lo que eres, no lo que tienes. Y, más allá de recordar que los sentimientos no piden permiso y que cada uno se alegra o deja de alegrarse de lo que se le ponga en la parte del cuerpo que ustedes prefieran, perdonen la vulgaridad por otra parte, parece justo matizar que el Atlético es desde el martes orgullo y que eso no hay modo de medirlo: nadie tiene un orgullo, dos orgullos o 13 orgullos. Nadie puede poner su orgullo sobre una báscula.

Y es orgullo, y se siente orgulloso, porque el partido ante el campeón de Europa dejó un sentimiento de reencuentro y de comunión entre iguales. También una victoria por la mínima, sí, pero para lo anterior ni siquiera resulta indispensable ganar: no se ganó por ejemplo (el partido sí, la clasificación no) el día que esa hinchada tocó el cielo en su estadio y “lloró el Calderón en Madrid”. Sería de lerdos pensar que el pase está hecho (el Atlético desperdició una ventaja superior y el Liverpool remontó una desventaja superior, en ambos casos la pasada campaña, más allá de que un tropiezo en Anfield se antoje razonable hoy en día para cualquiera que lo visite)… pero también sería de lerdos reprimirse por que el pase no esté hecho.

No tengan duda de que los mismos que minimizan el triunfo de la ida serán quienes maximicen la derrota de la vuelta si es que ésta se produce. Exactamente los mismos. Hablarán de crisis, disertarán sobre el desastre y, faltaría más, exigirán la inmediata salida de Simeone, no sin que antes entregue armas y presente disculpas por los excesos. Al tribunal de la Santa Inquisición también le ha parecido mal que Vrsaljko compartiera en las redes sociales este miércoles el buen ambiente que dominaba la sesión regenerativa de los que habían jugado el partido, ¿quién diablos se creerán estos tipos, que incluso escuchan música?, así que el croata ha terminado retirando el vídeo en el enésimo triunfo de los montaraces que nos rodean.

Lo que se lleva es la crispación, pero no estaría de más aconsejar a los muchachos del Liverpool que contemplen la celebración rojiblanca como un reconocimiento más que como una ofensa. Cuanto mayor es tu rival mayor es tu gloria, y hoy día no hay rival mayor que el equipo de Klopp. El de que ganara el Atlético era un escenario hasta cierto punto inesperado, precisamente por quién estaba enfrente, lo que elevó los decibelios antes, durante y después del juego. Van Dijk, Robertson y el propio Jurgen juegan ya el partido de vuelta, hacen bien, pero desde el Atlético de ningún modo se les ha vejado: el experto en estadios será, en todo caso, la excepción que confirma la regla.

Pues eso: que se puede perder, pero también se puede ganar. Que se puede llorar, pero también se puede reír. Que existe el derecho a soñar y la libertad para sentir. Que ya está bien, ¡qué carajo! Porque, cediendo la palabra de nuevo al eterno 14, “nada está escrito”. Así que “sigue luchando”. Y no lo olvides: “Celebra lo que eres”.

P.D. Disculpen la primera persona desde aquí, pero, por si alguien quiere explicarme lo que soy o lo que dejo de ser, yo también estuve en el Metropolitano y, aunque me alegré del mismo, sólo faltaba, yo tampoco festejé el gol de Saúl. Oscuros tiempos éstos en los que hay que aclarar lo evidente: que el periodista en el estadio trabaja y que si pudiera comportarse como un hincha lo suyo sería que hiciera lo mismo que hacen éstos, léase pagar una entrada o un abono. Ya, ya sé que para vergüenza del oficio podrían mostrarme numerosos comportamientos bufanderos, pero que algo se normalice no significa necesariamente que ese algo sea normal. De hecho no lo es.

Alberto R. Barbero

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