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Tiempo al tiempo.

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El día que salió el calendario de la temporada 2017-2018 pensé que la vuelta al cole iba a ser bastante más dura para el Atlético de Madrid de lo que ha sido. Allá por el mes de mayo, gracias a la despedida nostálgica del eterno Vicente Calderón y un último tramo de la liga más que prometedor, las expectativas para el nuevo curso eran bastante positivas pero la situación fue muy diferente pocas semanas después . Habíamos pasado por el verano del horror.

Creo que es difícil gestionar peor este periodo de transición que, en teoría, está sufriendo el conjunto rojiblanco. El cúmulo de chapuzas, falta de empatía con el aficionado y tramos oscuros excede lo humanamente soportable. A ese controvertido episodio que durante una década ha supuesto el traslado del estadio, un culebrón cargado de dudas, preguntas sin resolver, desafección con el aficionado e incertidumbre, le ha seguido toda una ristra de malas decisiones. Un cuestionado (y cuestionable) cambio de escudo realizado con nocturnidad y pocas explicaciones. Una sanción del TAS, consecuencia de una mala gestión de las categorías inferiores (y peor gestión de los recursos jurídicos), que destrozó de un plumazo la planificación deportiva, precisamente en un momento en el que parecía ser más necesaria que nunca. Un vergonzoso vodevil de tintes caricaturescos (al filo de la legalidad) en torno al fichaje de Vitolo. Una camiseta rojiblanca tan sumamente horrible que su venta (y compra) debería estar penada por el código civil (en serio, no puedo con ella). Un traslado apresurado al nuevo estadio (creo que sin necesidad) cargado de rumores y que ha condicionado (para mal) el calendario. Esa Soap Opera que se está escribiendo todavía en torno a la figura de Diego Costa, que está desquiciando a periodistas y aficionados y cuyo final está todavía por decidir. Y, por qué no, ese último episodio de la placas parlantes tan ridículo como evitable.

Cuando vimos que tendríamos que disputar los tres primeros partidos de Liga en campo visitante y con este panorama, mis sensaciones fueron malas. Las carencias del equipo iban a seguir siendo las las mismas: falta de gol, falta de creación en los tres cuartos y un centro del campo que se hace muy mayor pero además teníamos ese ambiente viciado alrededor. Todo pareció confirmarse en la primera parte del debut ligero contra el Girona. Un esperpento de partido en el que el recién ascendido equipo catalán pasó por encima de uno de los mejores equipos de Europa. No salía nada. No había velocidad, no había ideas, no había intensidad y, para colmo, el bueno de Griezmann decidió ejercer de superestrella mediática (algo que al parecer le seduce cada vez más) y se auto expulsó. La imagen del equipo fue terrible en ese tramo.

Pero fue justo en ese momento, con diez jugadores en el campo, cuando volvió el Atleti de Simeone. Apareció Thomas (cuando nadie lo esperaba), apareció Correa (cuando nadie lo esperaba), apareció Koke, apareció Saúl y el equipo volvió a reinventarse. A resurgir. Por enésima vez. Se arregló la papeleta sacando un empate que parecía imposible y siete días después se destrozo a la Unión Deportiva Las Palmas con buen juego, muchos goles y el inesperado protagonismo de los más jóvenes del equipo.

Ayer, en el partido más complicado de los tres, frente a un Valencia en modo resurgimiento y confeccionado por ese gran artesano del fútbol que es Marcelino, el Atleti volvió a ser el Atleti. Hizo un buen partido en Mestalla. Los primeros diez minutos, de hecho, son de lo mejor que yo he visto jugando al equipo fuera de casa. Después se igualaron las fuerzas y tanto las crónicas como las sensaciones de la mayoría de espectadores dejan la idea de que el resultado, ese empate a cero final, fue justo.

He vivido partidos así antes. Partidos ajustados, tácticos, de poder a poder y con pocas ocasiones. Esos partidos los suele ganar el que tiene un delantero que marca la diferencia o un equipo con instinto asesino. El Valencia no lo tiene. El Atleti tampoco. El Atleti tuvo las dos cosas (delantero e instinto) pero ya no lo tiene. No lo tuvo tampoco la campaña anterior (ni la anterior). El partido fue igualado, sí, pero analicemos las ocasiones de cada uno. Las del equipo levantino fueron apenas dos remates de cabeza que ni siquiera inquietaron a Oblak. Las del Atleti, que yo recuerde, fueron un remate mordido de Correa que logró sacar el portero valencianista corrigiendo su mano sobre la marcha, una llegada de Carrasco, que en lugar de tirar prefirió seguir regateando a la sombra y los segundos apellidos de sus rivales, una de Vietto (la más clara) que con todo a favor decidió patear por encima del larguero en lugar de hacerlo por debajo (meter o no meter esas jugadas es lo que distingue a los delanteros de elite), un buen disparo de Gaitán que volvió a sacar el portero y algunas decisiones erroneas de Torres o Gameiro que desperdiciaron varios contrataques que debieron acabar con algo más de peligro. Cualquiera de todas esas ocasiones pudo ser gol pero no lo fue. Cualquiera de esas ocasiones hubiese sido gol en tiempos donde llegábamos dos veces y metíamos tres goles pero esos tiempos ya no están.

Pero soy optimista. Tengo fe en Simeone y me rodea una agradable sensación de haber solventado un tramo especialmente complicado. Todo puede ir a mejor a partir de ahora. Volvemos a jugar en casa (que tiene muy buena pinta), vuelve Griezmann, falta ver en qué queda la recuperación de Augusto y parece que los jóvenes (Lucas, Thomas y Correa) ya no son parches para salvar los muebles sino que están para pelear la titularidad.

Tiempo al tiempo. Partido a partido.

Ennio Sotanáz

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