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Rubicón

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Me gustaba mucho más buscar discos de grupos independientes en una tienda perdida de una calle de mala muerte que hacerlo en Spotify desde la cama. Me gustaba Malasaña cuando ir a La Vía Láctea por la noche era prácticamente jugarse la vida. Prefiero los cines de barrio a las salas, cómodas e inmensas, de los centros comerciales. Siempre pensé que jamás necesitaría un teléfono móvil y nunca he sentido la necesidad de marcharme del Vicente Calderón. Nunca. Es más, tengo claro que, igual que me ocurre con otras muchas cosas que construyen los pilares de mi personalidad, cualquier cosa que venga después, para mí, será siempre peor.

Teniendo meridianamente claro todo lo anterior, la cuestión es saber cuánta gente piensa como yo. Si tengo que fiarme por las tiendas de discos que quedan, lo bonito y seguro que está Malasaña, que muchas personas no saben lo que eran los cines de barrio o echándole un vistazo a mi móvil, me doy cuenta de que el mundo va en una dirección contraria a la que me a mí me gustaría ir. Es obvio. ¿Es eso malo? No lo sé. ¿Debería renunciar a escuchar música en Spotify, ir a Malasaña, ir al cine, o usar Twitter en mi teléfono? No lo tengo tan claro.

Ayer fue un día raro. Esa es la sensación que abrigaba mi cuerpo cuando en torno a la media noche me derrumbé en el sofá de mi casa y empezó a sedimentar todo lo que había vivido. La rutilante aparición del Wanda Metropolitano en nuestras vidas ha supuesto una patada en el trasero que nos ha sacado de eso que los psicólogos denominan Zona de Confort. Es obvio. Es inevitable. Fuese algo esperado o temido, deseado u odiado, alegre o triste, estamos todos ahí. Y estamos todos igual. Perdidos. Completamente desubicados, que es como se nos vio ayer.

Cualquiera que alguna vez se haya cambiado de casa sabe lo que es eso. La casa de tus padres será siempre “tu casa” pero eso no significa que no puedas ser feliz en otro lugar. Tampoco que lo vayas a ser. Cada casa tiene su propia personalidad y es inútil tratar de reproducirlas, imitarlas o trasplantarlas. Inútil e imposible.

La primera vez que acudí al Vicente Calderón fui con mi padre. Fue él el que me lo enseñó. Cada rincón. Cada leyenda. Cada sabor. Cuando me senté en mi asiento tenía la sensación de ser un invitado. Todos a mi alrededor sabían perfectamente dónde estaban. Todos parecían seguros y todos sabían lo que tenían que hacer. Es muy probable que todos los que hemos vivido en el Calderón (salvo aquellos pioneros) llegásemos allí de la misma forma. De la mano de otra persona. Recogiendo un testigo infectado de sentimiento colchonero que después nosotros mismos hemos pasado a otras personas. Llegamos a formar parte de un espíritu que ya estaba en el Calderón cuando nosotros aparecimos.

Ayer fue completamente diferente. Todos éramos nuevos y eso se notaba. No había nadie para enseñarnos el espíritu del nuevo Metropolitano porque me temo que ese espíritu está todavía por construir. Todos teníamos que hacer las fotos del recién llegado. Todos teníamos la boca abierta y nadie había visto su sitio antes. No había veteranos. No había referencias. No nos conocíamos a pesar de ser viejos compañeros. El Vicente Calderón era una suma infinita de pequeñas sinergias que construían ese todo tan espectacular. Sinergias vinculadas a tu vecino de asiento de toda la vida. Al cemento. A las escaleras. A tu padre. Al barrio. Al bar de enfrente. A la acústica. A lo que veíamos unos y otros. Todo eso ya no existe. Pero existirá. Diferente pero existirá. Seguro. Lo que no creo es que se construya tan rápido como algunos esperan. Es muy difícil construir una personalidad en tan poco tiempo. Es mucho más difícil que construir un estadio.

Nos tendrán que ayudar desde la gerencia, eso sí. No tiene sentido poner un speakerque hable más alto que todos nosotros juntos. Especialmente cuando encima es tan pesado. No tiene sentido poner una música atronadora que apague el volumen de setenta mil personas cantando el himno del Atleti. Si eso ocurre muy a menudo dejaremos de cantar el himno el Atleti. Así de simple. El Wanda Metropolitano es muy grande y no se llena únicamente con los cánticos feroces del Fondo Sur. No es una cuestión de acústica sino de espacio. Ahora hace falta algo más. Ya lo hemos visto. También hemos visto que hay veinte mil personas nuevas que no saben lo que tienen que hacer. Enseñémosles a partir del próximo día, cuando ya no tengamos que preocuparnos por hacer fotos.

Desde el punto de vista técnico el estadio es impresionante. Sin peros. Moderno, cómodo, bonito y espectacular. Es absurdo, e injusto, compararlo en este sentido con el Vicente Calderón porque estaríamos comparando dos universos diferentes. Las mejoras en espacio, acceso, seguridad, comodidad, megafonía y estética visual son más que apreciables. Lo serán todavía más en los días de lluvia o cuando esté todo terminado.

El Atleti ha cruzado el Rubicón y ya no hay vuelta atrás. El que no lo quiera ver se quedará rezagado. La institución ha decidido apostar por ser un club moderno con todo lo que eso implica. Para bien y para mal. ¿Hacía donde nos llevará eso? No lo sé. ¿Dónde me quedo yo en toda esta historia? Tampoco lo sé. Veremos. Lo cierto es que yo jamás piso un centro comercial pero sí tengo una cuenta de Spotify.

Ennio Sotanáz

 

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