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Hasta siempre, viejo amigo.

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Este escrito no está hecho sólo para memorar aquellas grandes victorias y los logros que he vivido en el Calderón, también incluirá recuerdos de tardes de sufrimiento, de lágrimas y de descuentos eternos con el marcador en contra. Al fin y al cabo, los del Atleti podríamos regirnos por un lema: “en las buenas, y, en las malas, mucho más”. Sí, en las malas, porque hemos vivido muchas. Muchos tropiezos, muchas piedras en el camino. Muchos años que parecía que sí, y luego no. Muchos años de mitad de tabla, muchos años de jugadores prometedores, muchas tardes de lluvia, noches de frío, domingos en horario de plus. En estos 16 años que llevo siendo abonado hemos sobrevivido (en plural, porque el Calderón somos una familia) a decenas de entrenadores, a unos cuantos derbis perdidos y a muchos jugadores que más de un aficionado pensaba que podría hacerlo mejor que ellos, aunque los lunes llegasen a estudiar o trabajar con la voz rota de haberlos animado. Ir al Calderón no es un pasatiempo más. Es la bendita obligación moral de vivir y morir con los tuyos, y cada día va en aumento.

Es levantarte por la mañana sabiendo que ese día tienes una cita en tu lugar favorito del mundo con ese chaval rebelde, de nombre Atlético de Madrid, al que hace unos años un profesor argentino enderezó y con fe, confianza e ilusión, le hizo auparse entre las mejores notas de la clase, sin ser de los más inteligentes. Pocos son los que pueden presumir de caer al abismo y aumentar sus socios, y menos siendo quien eres. Pocas son las relaciones en las que los implicados se quieren en la salud y en la enfermedad. Ninguno es el equipo al que casi, inexplicablemente, se le quiere más en la derrota que en la victoria. Nosotros somos así. No vamos a ser hipócritas; nos encantaría tener las vitrinas llenas de Copas de Europa, de Ligas y de Balones de Oro. Pero si me diesen a elegir entre tener todo lo que otros tienen, aquellos a los que no les falta de nada como son clubes como el Madrid, el Barcelona y el Bayern, y sentir lo que siento siendo del Atleti, no lo cambiaría. No tengo casi de nada, pero al tener este escudo lo tengo todo.

Las tardes de Calderón el corazón late distinto, la piel se eriza cuando ves a ese gigante incompleto desde el puente de San Isidro, con su lustre acariciando el Manzanares y sus millares de personas sonrientes como las rayas del escudo. Padres e hijos, abuelos y nietos, grupos de madres, señores con puros, amigos y parejas de jóvenes que van a darle aún más alegría a su corazón. Todos compartiendo algo; un verdadero sentimiento. Hoy luce por última vez. Las elásticas rojiblancas no acariciarán más tardes de competición su alfombra. Será la última previa de partido en los bares antes del silencio que vendrá, los últimos cánticos del frente, el último bocata en el descanso. Será la última vez que mires alrededor y divises a todos esos que quieres y que por un tiempo se convirtieron en parte de tu familia. Ya no habrá más tardes en el templo de rabieta y lloros impotentes en los descuentos cuando ves a alguien marchar con tu equipo perdiendo antes del pitido final. Nunca volverá a haber tantos abrazos simultáneos en esos metros cuadrados que ocupa. No volverás a ver marcar al niño un gol en sus porterías, a Gabi presionar hasta la última bocanada de aire que exhalen sus pulmones, a Simeone perder la finura y elegancia convirtiéndose en un verdadero chamán capaz de cambiar la percepción de la realidad haciendo que la afición no responda a una lógica causal y sean sus almas las que bufandeen hasta no sentir los brazos. Hoy, después de tanto tiempo que parecía que no llegaría, será la última vez. Mi abuelo, que se convirtió en socio el día de la inauguración del Metropolitano, se despedirá de su casa por segunda vez. No subiré más tus escalones hasta mi butaca. Se cierra el telón. Ha sido un placer sentir tantas emociones dentro de ti, disfrutar con la familia, con los amigos y disfrutar del amor durante estos más de 300 partidos, estos más de 300 días que me has hecho levantarme feliz porque sabía que te iba a ver, estas más de 300 veces que te he soñado despierto. Hasta siempre, viejo amigo.

Jesús Asperilla Leñador

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