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Cuando éramos pobres

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Cuando en el Calderón éramos pobres vivíamos pensando en lo maleducados que a veces nos parecían los ricos, en lo poco que sabían apreciar lo que tenían y en qué pecado habíamos cometido nosotros para no tener la misma suerte que ellos. Cuando hace tan sólo 10 años éramos pobres nos poníamos menos estupendos que ahora en el Manzanares. Y no nos liábamos a revisar la cuenta del restaurante ni llamábamos al camarero negando con la cabeza. Porque ganar 1-0 era comer bien y caliente. Y el estómago tenía memoria y nosotros hambre. Cuando los del Atleti éramos pobres (y no hablo sólo de dinero, sino de resultados), nos conformábamos con que hubiera postre casero y mucha verdad en la cocina. Porque lo importante no eran las estrellas de la guía ni el aclamado bistró de enfrente, sino pasar una tarde juntos, reconocernos con otro paladar y celebrar el encuentro gastronómico.

Cuando éramos pobres y llevábamos años sin comer caliente (o haciéndolo en un sótano), apreciábamos más el extraño día en que la madre te traía unos pocos langostinos. La ropa del primo. Un regate de niño de barrio. Que una desconocida te abrazara pegando saltitos. Un viaje aunque fuera a Lyon. Cuando éramos pobres, teníamos menos prisas y éramos más pacientes. No éramos tan exigentes ni tan implacables con los nuestros. Y yo creo que algunos hasta dormían mejor porque se acostaban sin cenar y por lo tanto más ligeros. Ahora que somos ricos (entiéndase), ahora que no nos eliminan una Politécnica de Timisoara o un Sion, ahora que pisamos Lisboa o Milán, (y sólo un detalle o un fuera de juego nos saca de la historia), justo ahora, tiramos el álbum de lo que nos hizo distintos (y felices) a la hoguera.

Hablo de quejarse por un mal pase en el minuto 10. Hablo de que se silbe a ese jugador que se pudo ir ganando más y no quiso. Hablo de que en mi campo, en mitad de un partido (algo nunca visto), se haga el más pijo de los silencios. A veces pienso que es pedagógico volver a pasar frío y a tener miedo. Que alguien te abandone para echarle de menos. Hay una escena en la segunda parte de El padrino en la que Vito Corleone le dice a su hijo Sonny: «Nunca te pongas del lado de nadie que vaya contra la familia». Piénselo. Hágase ese favor. Piénselo la próxima vez que le entren ganas de gritarle a uno de los suyos.

Pedro Simón, Diario El Mundo

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