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CARTA DE UN HASTA LUEGO, MOTIVOS DE UN PARA SIEMPRE.

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Concentrado en mi carrera me fijo en mis pisadas que, paso a paso, me hacen avanzar en mi entrenamiento. Voy por Madrid Río y ya puedo atisbar el futuro en ese puente con forma de cilindro metálico que une ambas orillas del Manzanares. El futuro que ya es presente. Continúo para ver ese pasado de piedra, ese puente, bohemio por antonomasia. El puente de Toledo se hace cada vez más grande a medida que me acerco. El pasado que sigue siendo presente.
Y justo entre uno de sus arcos, como entre un bonito marco de fotos, apareces tú. La silueta de la cubierta de tu grada de preferencia, tu cemento, tu cristalera azul y tu nombre: Estadio Vicente Calderón.
 
Porque es cierto que me gusta correr, pero ir hasta allí no es más que una excusa para verte, como quien visita a un viejo amigo.
 
Mientras me voy acercando a tu imponente figura, mi móvil debe cambiar de melodía, y entra en juego esa carpeta con el nombre “Cánticos del Frente Atlético”. Porque necesito verte, pero también necesito escucharte y, por lo tanto, sentirte. Mis auriculares retumban con cada canción que tantas veces he gritado a pleno pulmón en tus gradas. Porque tu sonido es ese; miles de voces al unísono cantándole a un sentimiento. Da igual el resultado, eso sólo es fútbol, lo nuestro va más allá de un deporte. Por eso, mientras te rodeo corriendo para seguir sintiéndote cerca, necesito escuchar esa dulce melodía que acaricia mis oídos y me hace sentir en casa. No sin antes tocar ese escudo grabado en la puerta metálica por la que tantas veces accedí a tus entrañas, esa puerta 44 en la que ya no está ese número encima, aunque no me hace falta. Mi imaginación empieza a volar y ese 44 sigue estando ahí arriba. El doblete sigue abierto, y la calle está atestada de rojiblancos en los prolegómenos del partido, esas previas que disfrutábamos casi más que el propio partido. Aunque en realidad estoy yo sólo corriendo a tu alrededor. Miro a través de los pequeños agujeros de cada puerta y veo las gradas, en realidad, vacías, frías, medio desmontadas sin la mayoría de asientos que te daban colorido y vida. Las gradas vuelven a estar grises como cuando comenzaste a vivir.
 
La imaginación ya no para, veo a un Luis Aragonés marcando tu primer gol. No había nacido, pero ni falta que hace, lo veo en diferido con cincuenta años de diferencia. También veo a Gárate, Arteche, Adelardo, Leivinha, Luiz Pereira, Rubén Cano… Tiro de hemeroteca y los veo como si hubiera nacido varias décadas antes. Siguen pasando puertas y veo a un Futre recién campeón de Europa galopando por tu banda, o a un Abel Resino batiendo un récord de imbatibilidad. 
 
Veo mi primer recuerdo como Atlético; ahí está Kiko subido encima del larguero celebrando un doblete que a mí, a mis cinco años por aquel entonces, no me importaba nada en absoluto, pero hizo que, desde aquel instante, ese equipo me acompañaría durante toda mi vida, eso sí lo tenía claro. Veo a Pantic clavando los tacos en el césped antes de lanzar el córner, antesala de un ramo de veinticuatro claveles; doce rojos, doce blancos, que forman parte de la familia. Veo a un Simeone liderando de rojiblanco con el 14 a la espalda. Varias puertas después le veo liderando de nuevo, esta vez vestido de negro desde el banquillo. Veo a un Luis Aragonés entrenador recordando a un cuarto árbitro o a quien se precie, que el escudo no se pisa. Veo a un estadio lleno jugando en Segunda. Porque el Atleti es eso, la afición. Tu sonido es el eco de miles de gargantas cantando tu himno. Veo a 54.851 personas coreando el nombre de Fernando Torres después de fallar un penalti. Porque es uno de los nuestros, y a la familia se la apoya en los malos momentos, no se la hunde más. El penalti fallado sólo es fútbol, el Atleti va más allá. Veo goles imposibles de Vieri, lágrimas de Hasselbaink, el arquero de Kiko, treinta y dos latigazos de Forlán con una bota de oro, cinco goles de Falcao en 90 minutos y sus setenta goles en dos años, las infinitas peleas de Diego Costa contra todos para darnos una Liga, el beso de Torres a tu césped tras volver a marcar en su casa, o la calidad de Griezmann intentando ganar un balón de oro vestido de rojiblanco. 
 
Veo a Gabi en tu último día recordándonos que en ese mismo momento no moría un estadio, nacía una leyenda. Veo victorias y derrotas, remontadas y humillaciones, títulos y decepciones. Veo Liga, Copa del Rey, Champions, Copa  de la UEFA o Europa League, SuperCopa de España, Recopa, Intercontinental, y hasta intertoto. Veo días, tardes, noches y madrugadas. Veo sol, lluvia, niebla, granizo o nieve. Porque si el tiempo que gobierna un reloj no tiene cabida dentro de tu historia, tampoco lo tiene el tiempo atmosférico. Veo partidos a las 12:00 de la mañana en pleno agosto o a las 22:00 de la noche en enero. Sin camiseta para soportar el calor, aprovechando que el escudo no es por encima, el escudo ya es por dentro, o con cuatro capas de ropa y dos pares de calcetines para soportar ese frío que hacía erizar la piel, aunque yo siempre  pensaba que no era frío, que eras tú Atleti, que recorres cada rincón de mi cuerpo. Veo 54.851 desconocidos que les une un sentimiento grandioso. 54.851 atléticos que se dejan la voz cantando en tu última noche europea tras eliminarse de la Champions contra el eterno rival, a pesar de haber ganado el partido, bajo un diluvio que inundaba Madrid mientras los “ganadores” se ponían chubasqueros, abrían paraguas y se iban cabizbajos. Porque habían ganado en fútbol, pero jamás lo harán en sentimiento. Esa unión, esa familia, ese amor por una forma de vida, difícil a la par que maravillosa. 
 
Vuelvo en mí, es un día cualquiera del 2018 y hace más de un año que nada pasa dentro de ti. La puerta 44 se acerca otra vez y ya he perdido las vueltas que he dado a tu perímetro, decido que es momento de volver a casa, a mi otra casa. Vuelvo a tocar tu escudo grabado en esa puerta 44, previo beso en la mano que te lanzo, en un intento de devolverte todos los momentos vividos y comienzo a dejarte atrás. No te digo adiós, te dejo detrás guardándome las espaldas. Te echo un último vistazo mientras cruzo al otro lado del río por la pasarela de una de sus presas y me das las fuerzas necesarias para correr los últimos kilómetros de hoy. “Volveremos a vernos” pienso mientras sé que un día no estarás, pero si al principio hablaba del pasado, del presente y del futuro con los puentes que te preceden, ahora sé que tú no eres nada de eso, eres atemporal. Porque no basta con derrumbar cemento y cristal. Tú eres mucho más que eso. Tu cuerpo no estará, pero tu alma sí. Porque mientras haya un sólo Atlético en el mundo capaz de recordarte, tu legado será eterno. Eres leyenda, y las leyendas son inmortales.
 
Por eso mientras me alejo de ti sé que volveré a verte, y cuando ya no estés dejaré volar mi imaginación para seguir viendo tu silueta bajo ese arco del Puente de Toledo. Y aun cuando no estés seguiré visitando esa curva del Manzanares en la que, durante cincuenta y un años, nos hiciste vibrar, nos hiciste vivir, nos hiciste llorar, nos hiciste creer, nos hiciste soñar y nos hiciste sentir y compartir una pasión llamada Atlético de Madrid.
 
Por todo eso y por mucho más sólo puedo decirte hasta luego, porque me sobran motivos para decirte hasta siempre.
 
¡Gracias Estadio Vicente Calderón!
 
Roberto Jimenez Cabeza
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