Wallace contra Alatriste

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Ante el inminente Atleti-Celtic de la fase de grupos de la Europa League, unas más que desafortunadas declaraciones del capitán del Celtic del 74, Mc Neill, han venido a demostrar que el fútbol a veces deja heridas difíciles de cicatrizar. Muchos recuerdos difusos y olvidos intencionados para algo que fue más que un partido de fútbol. Fue la batalla de Glasgow.

La inquina de los escoceses hacia todo lo que oliese a argentino venía de lejos, en particular de 1967, cuando el Celtic de Glasgow dirimió una final intercontinental con el Racing de Avellaneda que fue una guerra en tres actos, el último con tinetes tan sangrientos como bochornosos en Montevideo, donde los americanos se hicieron con el título entre patadas y puñetazos. El Celtic acabó con ocho y el Racing con nueve.

Siete años después Celtic y Atleti se iban a cruzar en las semifinales de la Copa de Europa.

¿Qué tenían estos dos acontecimientos en común? Aparentemente nada, pero para muchos escoceses la conexión era clara.

Lo cierto es que los medios locales ya se encargaron de que aquel no fuese un partido normal. Recordando aquella final de 67 con el Racing de Avellaneda vieron en el partido contra un Atlético cargado de argentinos (Lorenzo en el banquillo y Heredia, Ayala, Panadero Díaz, Ovejero, Becerra y Cabrero en la plantilla) la gran ocasión para vengar afrentas pasadas con el fútbol del país sudamericano. Poco les importaba que el Atlético fuese de Madrid y no de Buenos Aires. De hecho, algún periódico británico dejó claro el significado que tenía para ellos el encuentro, llamando al Atleti “el Atlético de Buenos Aires”. Otros titulares del estilo “vuelven los argentinos” o “Panadero Díaz, el regreso del carnicero de Buenos Aires”, metían al Atleti en una batalla que no era la suya, pero de la que no se iba a poder librar.

Para arreglar las cosas más, algún medio destapó que en el día anterior al partido, Panadero y Ovejero se habían peleado a puñetazos durante el entrenamiento, y que Rubén “Ratón” Ayala había pedido dinero a los periodistas por filmar la preparación de  los. Vamos, unos piezas estos argentinos del Atleti.

Mientras tanto, el mensaje en la calle y en los alrededores de los aficionados escoceses a los jugadores atléticos era claro: os vamos a matar (metafóricamente… digo yo). En broma o menos, los representantes atléticos, jugadores y aficionados, tanto en el hotel como en el camino del estadio, recibían más de una vez de los aficionados escoceses más radicales el gráfico gesto constente en pasarse el dedo pulgar por el cuello de izquierda a derecha. Todo esto normalmente adornado con una macabra sonrisa.

Y llegó el partido.

Lo cierto es que el Celtic del 74 era un buen equipo. No un prodigio de clase, pero sí un buen equipo bien dirigido por el zorro Stein, y con un delantero pequeño y hábil como pocos, capaz de regatearse a sí mismo si hiciese falta: Jimmy Johnstone. Era un jugador magnífico, pero también teatrero como pocos y capaz de levantar a la grada en cada entrada recibida. Sin embargo, tenían un arma de la que sacaban más partido normalmente que de la clase de sus jugadores: su estadio y su ambiente. Con una afición ruidosa, a un metro de la línea de banda y unos hinchas británicos que empezaban a ser tristemente conocidos dentro y fuera de los estadios, el miedo que provocaban en los rivales era capaz de levantar eliminatorias por difíciles que se pusieran. El Basel, rival en cuartos de final de los de Glasgow en aquel año, lo podía atestiguar.

Si además, el partido se presentaba como una oportunidad de venganza personal bajo el lema “os vamos a cortar el cuello”, pocos eran los equipos a los que no les temblasen “algo” las piernas en aquel escenario.

Los jugadores del Celtic tampoco iban a la zaga. Jaleados por sus “supporters”, su actitud durante los partidos, sobre todo al comienzo de cada mitad, se basaba en las dos “pes”: pega y protesta. Los escoceses, virtudes futbolísticas aparte, plantearon el partido desde antes de su comienzo como una batalla patriótica, donde no sólo derrotar, sino machacar al rival era una cuestión de vida o muerte. Quizás su problema era que, recordando el hundimiento físico y moral de los suizos del Basel en cuartos (con prórroga incluída), estaban convencidos de que su encerrona acompañada de la rabia acumulada de años iba a ser un infierno para los jugadores atléticos. Y un infierno fue, pero con más diablos de la cuenta.

Y es que aquel Atlético no era equipo que rehuyese la pelea. ¿Tú me das una? Yo te doy dos más fuertes, y otra a tu hermano, para que se acuerde de mí. ¿Tú metes los tacos en la espalada de Ayala? Yo levanto dos veces por los aires de un leñazo al “enano rubio” como le llamaban los jugadores atléticos.

Los escoceses llegaron de caza… y se encontraron con una batalla en toda regla. Llegaba William Wallace con el espadón en alto y se encontró con Alatriste y los tercios de Flandes. “No era el hombre más honesto ni más piadoso, pero era un hombre valiente…”

Porque el Atleti dio, sí, pero también recibió de lo lindo. Al “ratón” Ayala en particular le cosieron a patadas, con balón y sin él, y le acabaron echando por revolverse. A Gárate, que no protestaba ni se revolvía aunque estuviese siendo torturado, tres cuartos de los mismo.

Los escoceses, aunque lo prefieran olvidar, pegaron, insultaron, empujaron, protestaron, escupieron… fueron un rival sucio, violento y canalla… que se encontró con otro que, metido en faena, podía ser (y fue) igual de sucio y canalla, pero más violento si hacía falta.

Un espectáculo poco edificante, sí, pero todavía menos al condicionarse de forma vergonzante por el árbitro de turno: el turco Babacán, el cual, tras una primera parte muy meticulosa y bastante casera, pasó a la acción en la segunda tomando descarado partido por los locales. En mi opinión el momento clave estuvo cuando Benegas hizo una entrada salvaje a Johnstone cerca de la esquina derecha del área y cometió el error de no expulsarle. A partir de ese momento el ambiente se terminó de caldear en la grada y la amenaza de invasión se convirtió en algo real. Como digo, hubo un antes y un después del “entradón”.

Ya no había más objetivo que castigar al equipo español y llevar al Celtic a la victoria. En dos minutos, el 63 y 64, Ayala y Panadero fueron a la calle por clamor popular, con expulsiones más que rigurosas, sobre todo la del “ratón”. Y considero rigurosa la de Panadero Díaz no por que no fuese una zancadilla dura y a destiempo, sino porque las mismas acciones realizadas por los “verdes” no suponían para el turco ni amonestación verbal. Por tanto, el Atleti se quedó casi media hora con nueve, que en los últimos diez minutos fueron ocho tras expulsión de Quique en el (83’). Y el problema no era ya la inferioridad, sino la sensación de indefensión, ya que los escoceses podían utilizar cualquier marrullería para robar balones, podían empujar, pegar a su antojo… que no pasaba nada.

Pero los atléticos aguantaron como pudieron, y sacaron un meritorio y agónico empate sin goles, con un sacrificio inconmensurable y un Reina colosal bajo los palos.

Los jugadores rojiblancos (rojos aquel día) se abrazaban felices por sacar un empate con ocho. Y entonces llegó lo peor.

De camino a los túneles de vestuarios varios hooligans saltaron de la grada al campo con la permisividad de la policía local. Allí, ayudados por algunos jugadores escoceses, comenzaron a lanzar puñetazos y patadas a todo lo que oliese a español o argentino (jugadores, cuerpo técnico, delegados…). Stein, el entrenador local, lanzó dos buenos derechazos al “Toto” Lorenzo. La policía colaboró en la emboscada, aporrenando o directamente sujetando durante segundos a los jugadores atléticos para que fuesen agredidos para (por el qué dirán, supongo) llevarles luego a los vestuarios a golpes y tirones de pelo. En particular, sangrante fue el caso de Becerra que, golpeado por tres agentes, tuvo que ser rescatado por Ovejero y llevado en volandas al vestuario. Iselín, en su rescate, soltó un puñetazo a uno de los policías y minutos después estos irrumpieron en el vestuario colchonero con la intención de detener al agresor (o defensor, según se mire). Más bronca, pero no se llevaron a nadie.

En la grada las cosas no fueron mucho mejor. Hubo aficionados españoles (entonces no había ultras en el fútbol español), principalmente emigrantes que, atléticos o no, querían ver en directo a un equipo de su país, que lo pasaron francamente mal. Algunos se marcharon media hora antes entre amenazas justo después de las expulsiones de Ayala y Panadero. Otros, los que se quedaron, eran insultados y, en algunos casos, agredidos por los hooligans locales mientras pedían a gritos la ayuda de una policía sospechosamente lenta y hostil. Algunos tuvieron que esperar más de una hora para salir a oscuras y por la puerta de atrás del estadio. Otros tuvieron que huir a la carrera por las calles de Glasgow… Mala noche para parecer español por aquellos lares.

Días después el Atlético envió una carta enérgica de repulsa a la UEFA, clamando por lo que estuvo demasiado cerca de ser un linchamiento. La respuesta del máximo organismo fue clara: dos millones de pesetas de sanción al Atlético por conducta antideportiva grave y apercibimiento de expulsión a perpetuidad de las competiciones europeas. Era la sanción más grave que había impuesto la UEFA a un club en todo su existencia. Para el Celtic nada… es decir, que si considerabas que el rival había sido violento en el campo, podías soltar a tus hinchas más violentos para que “hiciesen justicia”.

Ha pasado mucho tiempo. Supongo que hay partidos que son difíciles de olvidar.

Lo que resulta en cualquier caso algo sonrojante es ver cómo, treinta y siete años después, aparece el señor Mc Neill a disparar insultos xenófobos (“el Atleti es escoria y no merece compartir ciudad con el Real”) y que no haya en la prensa masiva española ni un editorial de respuesta. Es xenofobia, sí, pues insulta gravemente a un colectivo, el de los atléticos. No se refiere a aquel equipo, o a tales jugadores. Se refiere a los atléticos. Cambia “atléticos” por negros, gitanos, judíos… y se momta “la mundial”. Pero el fútbol aguanta todo, y si es el Atleti el agraviado parece que nunca es para tanto. Sólo he visto entrevistas, recuerdos más o menos emotivos en asadores, pero ni una respuesta contundente de una firma autorizada.

Una pena, por nuestra prensa y por el propio señor Mc Neill. Un odio tan feroz mantenido durante treinta y siete años por un partido de fútbol merece que lo analice un especialista. Eso sí, a poder ser, que acuda sobrio.

Victor Hegelman

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