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Así de simple.

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Un periodista se acercó un día a Albert Einstein para formularle la siguiente pregunta: “¿Podría usted explicarme, así para que yo lo entienda, que es eso de la Teoría de la Relatividad?”. La respuesta del físico alemán, tan original como su propio modelo teórico, fue la siguiente: “¿Podría usted explicarme cómo se hace un huevo frito?”. El periodista, sorprendido, contestó diciendo que por supuesto podía explicarle como se cocinaba un huevo frito a lo que Einstein replicó con otra genialidad: “bien, hágalo, pero imagine que yo no sé lo que es un huevo, ni una sartén, ni el aceite, ni el fuego”.

Decía un amigo mío que los dos grandes males que azotan a la civilización occidental son la automedicación y la simplificación periodística. Mi amigo lo decía de broma, para que nos echásemos unas risas, pero empiezo a sospechar que tiene algo de razón. Sobre todo en esto último. Inmersos en esa marabunta de información con la que tenemos que lidiar cada día, hemos hecho de la simplificación una especie de arma de supervivencia. Un analgésico que nos ayuda a calmar la presión y que nos permite seguir respirando. Hasta ahí todo bien. Parece lógico, pero tengo la sensación de que ese analgésico ha dejado de ser inofensivo y se ha transformado en una droga dura a la que nos hemos hecho adictos. Ahora ya no es un recurso que se usa esporádicamente sino una parte indivisible de esa personalidad que la sociedad tiene homologada. Todo debe ser blanco (o negro) o no ser. De otra forma, ampliando un espectro que tiende a desaparecer, teniendo que asumir que la realidad es algo más compleja, sería imposible soportar el síndrome de abstinencia provocado precisamente por la ausencia de simplificación.

Piénselo. Nos basta ver la cabecera del periódico que alguien lleva debajo del brazo para (creer) saber todo lo que el susodicho piensa sobre aborto, el derecho a decidir, el misterio de la Santísima Trinidad, la extracción petrolífera, las medidas anti-contaminación en las ciudades, el cine de Almodóvar o quién es el mejor jugador del mundo. Piénselo. Resulta escalofriante pero lo más gracioso es que, según pasan los años, la posibilidad de acertar es cada vez mayor.

En el micromundo de los aficionados al Atlético de Madrid, ese al que todavía creo pertenecer, las cosas no podían ser diferentes. No somos tan especiales. A rebufo de esa batería de cambios que los tutores “legales” del Club han decidido emprender unilateralmente, se empieza a escuchar con fuerza el mantra de la “Fractura Social”. Sobre todo en ese ágora sin reglas que es internet. Una fractura teórica que pretende separar a los “buenos” de los “malos”. Una fractura que obliga a elegir bando y que elimina la posibilidad de duda o equidistancia. Una fractura que se construye sobre un modelo casi tan complejo como la Teoría de la Relatividad pero que hay que simplificar como si hablásemos de freír un huevo. Si no eliges, eligen por ti. Si te resistes a tomar partido dejas de existir. Así de simple.

O estás a muerte con el equipo o no, me dicen unos. Lo estoy, digo yo. A muerte. Soy abonado desde hace mil años. Tenía mi asiento en el Calderón y lo tengo en el nuevo estadio. Me sé todas las canciones, aplaudo al equipo cuando pierde y no me pierdo un solo partido. ¿Pero puedo seguir siendo de tu bando si además critico el oscurantismo de la directiva, la forma en la que se ha hecho el traslado de estadio o el cambio de los símbolos históricos? ¿Soy de los tuyos si critico la gestión del Club, la política de comunicación, la compleja legalidad administrativa, la deuda histórica o una camiseta que me parece horrible? ¿No?

O estás en contra de Gil y Cerezo o no, me dicen los otros. Lo estoy, digo yo. Deberías recordar que estuve contigo en alguna manifestación y que lo he escrito un millón de veces. A veces hasta me aplaudiste por ello. ¿Pero puedo seguir siendo de los tuyos si renuevo mi abono religiosamente y me alegro cuando el Club hace algo bien (y encima lo digo)? ¿Estoy en el bando correcto si confieso que me parece espectacular la maqueta del nuevo estadio y hasta tengo la desfachatez de desear que sea lo mejor posible? ¿No?

Después de estudiar asignaturas de física teórica durante años creo entender, más o menos, la Teoría de la Relatividad, pero me siento incapaz de explicársela a nadie en pocas palabras. Me pasa algo parecido con muchas cosas en torno al Atleti.

Me encantaría que nadie se sintiese tentado a deducir lo que yo pienso (o lo que piensa cualquiera) en base a 140 caracteres que, probablemente de broma, hablan de un episodio aislado. Y si es el caso, prefiero sinceramente caer por el abismo que aparece en mitad de esa dichosa fractura. Seguro que no estoy solo.

Ennio Sotanáz

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